Qué tener en cuenta para lograr un riego eficiente

Descubre los principales aspectos para tener en cuenta, en el ciclo de humedecimiento y secado del suelo. La importancia de saber administrar este recurso agotable.

Foto:Economía & Viveros

Finalizado el invierno y en tanto promedia la primavera, comprobamos  -en la mayoría de los casos- que el agua que la naturaleza nos provee comienza a ser insuficiente. Por esta razón, nos vemos en la obligación de ayudar a nuestras plantas, cualquiera sea el grupo al que pertenezcan (arbóreas, arbustivas y herbáceas).

Debemos pensar que como todo ciclo, el humedecimiento y secado del suelo es un fenómeno que tiene inicio y fin, y se vuelve a repetir a lo largo del tiempo.

El suelo recibe aportes de la naturaleza mediante las precipitaciones y, a su vez, sufre pérdidas de humedad que varían en el tiempo (son dinámicos), por lo cual, el balance final que obtengamos para cada situación será distinto.

No siempre el resultado de este balance coincide con los requerimientos de las plantas y, por esta razón, hay excesos y déficits en el suministro del agua.

Para evitar estas variaciones no deseadas para los vegetales y que lleguen a grados extremos por los perjuicios que les originan, pensamos en la implementación  de riegos suplementarios o artificiales.

Estos pueden ser logrados mediante sistemas de aspersión, microaspersión, goteo o, también, por otra forma menos sofisticada, como es el uso de mangueras.

Y aquí comienzan las preguntas que tienen que plantearse, en forma responsable, quienes deben manejar el tema. ¿Cómo y cuánto regar?

En algunos casos, ni siquiera se formulan los interrogantes y se decide prender el equipo o conectar las mangueras directamente; así se aplica un sistema de riego cuya evaluación se sustenta en los resultados obtenidos por prueba y error, y se recurre a ese instrumento de medición que habita en nuestro interior llamado ojímetro. Algo que podría reproducirse como: “Si no inunda está bien y si no presentan aspecto marchito, también está bien”. Pésimo camino.

Estas líneas tienen por objetivo crear conciencia en los encargados del riego de un espacio verde preguntándoles si simplemente se van a convertir en regadores o en administradores de un recurso tan valioso como es el agua. 

Los regadores, con las mejores intenciones, disponen de herramientas para aportar agua y las utilizan acorde con lo que interpretan como lo más adecuado para sus plantas.

¿Será así?

Mi experiencia indica que no siempre se obtiene una respuesta afirmativa.

La razón se explica  simplemente por los resultados obtenidos relacionados con las complicaciones fitosanitarias, en algunos casos,  por escasez de agua, pero principalmente, por los excesos.

Tener en cuenta al calcular los aportes vía riego:

– La estación del año en relación con la evapotranspiración. Los meses de primavera y verano son más exigentes que los restantes.

– La textura y estructura del suelo, en relación con los porcentajes de arenas, limo y arcillas, y fundamentalmente, de la disponibilidad de materia orgánica que incide directamente en la estructura y la posibilidad de retener agua.  

– La profundidad del suelo que exploran las raíces. Dependerá de que no existan planchas duras de tosca u horizontes compactos de arcillas, que impiden, no solo el avance de las raíces, sino que además, disminuyen la capacidad de almacenar agua.      

– La cantidad de sales que tiene el agua considerando que, al ser salinas, estamos provocando la acumulación en el suelo y el aumento de la presión osmótica que dificulta la libre disponibilidad por parte de las plantas.

La frecuencia de riego o tiempo que transcurre entre riegos debe ser de dos a tres veces por semana en el verano,  y disminuir a dos riegos en el otoño, y finalmente, en el invierno, intentar manejarse con las precipitaciones. En el caso de que no lloviese, un riego quincenal o uno mensual, en función de lo comentado anteriormente.           

Recuerde algo importante: el invierno no es una estación de importancia en relación con el consumo de agua por las plantas. En cambio, sí lo es en referencia a la posibilidad de secar el perfil del suelo ante eventuales excesos hídricos, que puede tener por los riegos anteriores.

No disminuir los riegos en el otoño y olvidarse de apagar el equipo en el invierno es la mejor manera de asegurar un problema fitosanitario en la primavera siguiente.

¿Cuáles son los parámetros para evaluar el programa de riego que estamos implementando y la cantidad de agua aportada?          

El programa más elemental —en la medida en que lo hayamos practicado durante varios años— es el adecuado estado fitosanitario de las plantas al no presentar síntomas de enfermedades ni decaimientos.

En relación con la cantidad de agua aportada, al ojímetro comentado le podemos anteponer una forma sencilla de evaluar los niveles de humedad en el suelo, consistente en verificar con una pala la humedad del suelo existente a 30 centímetros de profundidad para considerar que está seco previo a comenzar su recarga por cualquier medio controlado, o de lo contrario, utilizar sensores de humedad que cortan la programación.

Recuerde que los aportes vía precipitaciones no se controlan, por lo cual, no hay que tener los suelos totalmente saturados, y dejar que se sequen para luego volver a humedecerlos.

Este es el círculo virtuoso al que hay que tender en materia de administración del agua para riego a fin de evitar la presencia de enfermedades y plagas. 

Texto: Ing. Agr. Agustín Sañudo