Gabriela Escrivá y una sorpresa en Tierra del Fuego
EXPERIENCIAS La experta en huerta, referente en la Argentina y en España, nos acerca qué descubrió cuando fue a asesorar un cultivo ubicado en la zona más austral de la Argentina.

Producir verduras a cielo abierto en el “Fin del Mundo” es todo un desafío. Durante la estación cálida, que va de noviembre a marzo, a esa latitud se cultivan las especies de huerta correspondientes al otoño-invierno, “del norte”.
En las noches de verano, puede bajar mucho la temperatura. En consecuencia, los cultivos de verano se realizan en condiciones de invernadero. Tomates, ajíes, zapallitos y berenjenas se cultivan en estas condiciones.
La distancia de plantación es uno de los datos más repetidos a la hora de comenzar una huerta. Sin embargo, la experiencia en diferentes espacios demuestra que observar, ajustar y cuestionar las reglas puede cambiar positivamente los resultados.
Esta separación promete evitar competencias de espacio, de nutrientes, de agua, asegurar buena ventilación y facilitar el acceso a cada cultivo. Pero hay situaciones en las cuales, al reducir las distancias, se pueden mejorar los resultados.
Cuando el suelo está vivo y cubierto, retiene la humedad y protege las raíces tanto del calor como del frío. El conjunto comienza a funcionar como un sistema, no como plantas aisladas. Este contexto favorece la actividad biológica y amortigua las oscilaciones de temperatura, y es especialmente beneficioso en las primeras fases de crecimiento.
Invitada por Cristina Goodall a la Quinta Pionera (emprendimiento de horticultura orgánica, en Tierra del Fuego), he podido sorprenderme al observar cómo ella ha verificado los beneficios de estas siembras densas en condiciones climatológicas casi extremas.
Remolachas, acelgas, nabos, rúculas y otras hortalizas son sembradas, en directa y muy densamente, para luego ser trasplantadas a su sector final de crecimiento con mucho éxito.
María Gabriela Escrivá, técnica en floricultura y jardinería. @gaescriva
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