La verdadera historia de la rosa azul

Recién en el 2004, mediante la ingeniería genética, se logró obtener una rosa azul. Sin embargo, los profesionales de esta área todavía se preguntan si se justifica dicha inversión.

Tradicionalmente, las rosas azules se obtienen por el teñido de rosas blancas, porque, desde el punto de vista genético, esta especie carece de un gen para producir el pigmento responsable del color azul en flores (la delfinidina).

Por este motivo, si bien se ha procurado la obtención de rosas azules por medio del mejoramiento clásico, los resultados no han sido óptimos. Por ejemplo, la variedad Blue Moon se describe con mayor precisión como un color lila. Pero…, si el gen para pigmentos azules no se puede incorporar por métodos clásicos, es posible recurrir a la ingeniería genética, y eso fue lo que se hizo.

Después de trece años de una investigación conjunta realizada por la empresa australiana Florigene y la empresa japonesa Suntory, una rosa azul fue creada en el 2004 mediante la ingeniería genética. El gen de la enzima flavonoide 3′, 5′ hidroxilasa de petunia fue clonado por ingeniería genética e introducido en una variedad de rosa denominada Cardenal de Richelieu (Rosa gallica).

Sin embargo, dado que el pigmento para formar el color rosa todavía estaba presente y  activo, la rosa original fue más un borgoña oscuro que azul. Era necesario trabajar un poco más y pensar cómo hacer para que el color azul fuera lo más parecido posible al de las petunias.

Para esto fue imprescindible, no sólo incorporar el gen para la síntesis de la delfinidina, sino recurrir, también por ingeniería genética, a una estrategia que permitiera anular la expresión del gen de los pigmentos rojos. Por lo que se requirió una doble transformación, y además, muchos años de trabajo para obtener una rosa de color azul.

¿Se justificaba tanto esfuerzo y dinero? Si lo ponemos en el contexto de que la rosa es el cultivo ornamental más importante y movilizador de un mercado de millones de dólares al año, sí; hay que ver qué éxito se logra en el mercado. Pero si bien se han obtenido resultados muy interesantes, en diversas especies y aplicando diferentes estrategias, las técnicas de ingeniería genética, por el momento, han producido poco impacto en el ámbito de los cultivos ornamentales, dado que hasta la fecha, hay muy pocos productos en el mercado.

En 1996, Florigene patenta el Florigene Moondust™ claveles azules, que fue la primera flor transgénica en salir al mercado, y, en 1997, Florigene Moonshadow™, con un color púrpura más intenso. Por su parte, en el 2005, la empresa japonesa Sacata ofrece al mercado una variedad más compacta de Anthirrinus majus (conejito) obtenido por el uso de Agrobacterium rhizogenes.

Estos ejemplos son un reflejo, a muy pequeña escala, de lo que sucede en el área de las grandes commodities, aunque, teniendo en cuenta que se dispone de las construcciones y de los sistemas de transformación y considerando que la fuerza impulsora, movilizadora de la industria florícola, es la permanente renovación y aparición de novedades, las perspectivas son muy propicias para el desarrollo de variedades ornamentales, genéticamente modificadas, utilizando técnicas biotecnológicas.

Por otra parte, no solamente la ingeniería genética puede hacer aportes desde lo estético. Es muy relevante lo que se puede lograr a partir de lo fitosanitario, obteniendo cultivos resistentes a virus, hongos e insectos, así como a estreses abióticos, por ejemplo, sequía y salinidad. En este contexto, es fundamental resaltar que se lograría una mejora muy importante en la productividad y en la ecología de los cultivos, ya que se usarían menores cantidades de insecticidas, fungicidas y antibióticos, en el caso de los estreses bióticos, y se podrían minimizar, por ejemplo, las exigencias del riego, tanto para la frecuencia como para la calidad de agua, para los estreses abióticos.

Asimismo, es importante mencionar aquí, que no sólo deberían contemplarse las cuestiones técnicas, sino también, las comerciales y legales, por lo que se debería hacer un cuidadoso estudio de la elección de los cultivos con lo cuales aplicar esta tecnología y de la normativa respecto de los OGMs de los países destinatarios.

Texto: Dr. Alejandro Escandon (Instituto de Floricultura – INTA)