Humedales: el peligro de urbanizarlos

A medida que avanza la construcción de viviendas sobre estas áreas, el ecosistema se degrada. ¿Por qué son importantes? ¿Se puede crecer sin destruirlos?

Foto: gentileza de Roberto Fèvre

La periferia de la Región Metropolitana de Buenos Aires transforma su paisaje a una velocidad que sorprende incluso a quienes la recorren a diario. Donde hasta hace pocos años había bañados, juncales y planicies de inundación, hoy aparecen terraplenes, lagunas artificiales y carteles que anuncian barrios privados con nombres que evocan naturaleza: “los álamos”, “los sauces”, “los humedales”. La paradoja es evidente: muchos de esos emprendimientos avanzan, justamente, sobre los últimos humedales que quedan.

Por qué son importantes los humedales

Los humedales cumplen funciones ambientales clave. Actúan como esponjas que absorben excedentes de lluvia, amortiguan inundaciones, recargan acuíferos, filtran contaminantes y sostienen biodiversidad. En cuencas de llanura, como las del noreste y oeste del conurbano, son parte del funcionamiento normal del sistema hídrico.

Sin embargo, en el mercado del suelo periurbano, suelen ser vistos como “tierras vacantes” o “improductivas”, listas para ser rellenadas y urbanizadas.

Cómo avanzan las urbanizaciones cerradas sobre los humedales

En las últimas dos décadas, el crecimiento de urbanizaciones cerradas en la periferia metropolitana se apoyó en cuatro factores: disponibilidad de grandes parcelas rurales, demanda de sectores medios y altos por seguridad y verde, marcos normativos débiles o fragmentados, y falta de control efectivo sobre el territorio y los procesos de comercialización.

El resultado fue un modelo de expansión extensiva, de baja densidad y alto consumo de suelo, que muchas veces se implantó sobre áreas naturalmente inundables y/o ecosistémicamente imprescindible.

El mecanismo se repite: primero llegan los movimientos de suelo, que elevan cotas dentro del predio o polderizan el perímetro. Ese material suele provenir de excavaciones internas que crean lagunas “ornamentales”, en las que ya nunca se recuperarán las funciones ecosistémicas del humedal original.

El agua que antes se distribuía en la planicie queda desplazada. Lo que era almacenamiento natural se transforma en superficie urbanizada elevada. El humedal se pierde, los problemas de inundación se trasladan a los barrios vecinos, a las rutas o a las localidades que, aguas abajo, empiezan a registrar anegamientos más frecuentes o rápidos.

Humedales y cuencas: un problema sin límites municipales

A esto se suma la fragmentación de decisiones. Cada municipio regula su uso del suelo, pero los humedales y las cuencas no reconocen límites administrativos. Un permiso otorgado en un distrito puede tener efectos en otro.

Sin una planificación a escala de cuenca, las evaluaciones de impacto tienden a ser proyecto por proyecto, sin considerar impactos acumulativos. Así, decenas de intervenciones “menores” terminan produciendo transformaciones significativas. La evidente necesidad de instrumentar Evaluaciones Ambientales Estratégicas (EAEs) no es atendida.

Existe mucha normativa ambiental, pero se aplica poco

La normativa ambiental existe, pero su aplicación es irregular. En muchos casos, faltan ordenamientos territoriales específicos de humedales, cartografías oficiales detalladas o criterios claros sobre qué áreas deben preservarse.

También hay déficits de control: evaluaciones ambientales adecuadas o poco exigentes, controles de obra limitados y sanciones que llegan tarde o no llegan. La presión del mercado inmobiliario, sumada a la competencia fiscal entre municipios por atraer inversiones, completa el cuadro.

Las consecuencias de urbanizar los humedales

Mientras tanto, los efectos se vuelven visibles. Vecinos que nunca se habían inundado empiezan a padecerlo. Caminos rurales quedan bajo agua tras lluvias intensas. Cursos menores se rectifican o entuban.

La pérdida no es solo hidrológica: también desaparecen paisajes, hábitats y formas de uso tradicional del territorio. El periurbano pierde su capacidad de transición entre ciudad y campo para convertirse en un mosaico fragmentado de enclaves cerrados.

El debate sobre los humedales metropolitanos ya no es solo ambiental: es urbano, social y económico. Cada metro de humedal perdido reduce el margen de adaptación frente a eventos extremos que, según todos los escenarios climáticos, tenderán a intensificarse.

Reconocer a los humedales como infraestructura natural —tan importante como un desagüe o un reservorio— es un paso esencial.

  • Estrategias planificadas

La pregunta de fondo es si la región quiere seguir reaccionando después de cada situación de conflicto o empezará a adoptar estrategias consensuadas y planificadas a nivel regional, de las cuales son reconocibles múltiples casos de éxito en nuestro territorio y en el mundo.

Conservar a los humedales no implica detener todo desarrollo, sino orientarlo mejor: definir dónde sí es posible, dónde no lo es y en qué condiciones hacerlo. La expansión urbana necesita reglas claras, información pública y controles efectivos. De lo contrario, la factura ambiental y social seguirá creciendo, aunque quede escondida detrás de lagunas artificiales y cercos perimetrales.

Sobre el autor